Aproximación al Banquete de Platón

Publicado por Pedro Jiménez Guijarro el Octubre 23rd, 2008 dentro de la categoría El saber no ocupa lugar

El Banquete es un diálogo cronológicamente situado entre Crátilo y Fedón, en plena madurez del autor. Se le sitúa por 387, es decir, justo cuando Platón de vuelta de Sicilia funda la Academia, órgano de transmisión de las enseñanzas socrático-platónicas. Desde la celebración de aquel supuesto banquete hasta que le da la forma de diálogo transcurren 29 años. Y pese a que el maestro ha muerto hace ya doce años, conserva todavía una estrecha relación con aquel texto de la Apología de Sócrates, precisamente por el deseo inédito, que más allá del Sócrates platónico, emerge desafiante ante la polis: el cuidado de sí.

El tema de la muerte se halla, en definitiva, determinando el diálogo desde fuera. Sólo cuatro, de los ocho posibles, se presentaron como testigos dispuestos a pagar 30 minas (equivalente a 13 kilos de plata aproximadamente.) para su defensa. Entre ellos estaban Platón y Apolodoro: Platón el transmisor por excelencia del legado. Y Apolodoro, ese que sirve en El banquete de interlocutor directo con los “hombres de negocios”, que no eran ni filósofos ni poetas y que vienen a representar a aquellos lectores (¿receptores imposibles?) del legado socrático.
Hay que decir que los diálogos platónicos, en general, tienen a Sócrates por protagonista y muestran una estructura que capta el modus operandi del Sócrates platónico. Alguien dice algo, y en tal decir hay un “es” o un “no es”, esto o aquello es bueno o no, etc. El encuentro con Sócrates hace ver que con ese decir se está presuponiendo un “en qué consiste ser…bueno, justo, etc.”, o sea un “¿qué es ser…? es…” La pregunta convoca una existencia, pero no responde a ella, no opone su respuesta, sino que desautoriza y diluye la consistencia de toda opinión emergente, de toda eidós en la doxa. Es precisamente la caída una y otra vez de la respuesta a ¿qué es ser…algo? la que da consistencia a la pregunta y a la creencia de que debe haber un “es…algo”. El fracaso del discurso que una y otra vez nos hace presente Sócrates es la distancia insalvable entre la pregunta que hace existir al ser, y aquello, aquel aspecto, que viene a responder en el discurso.

Los convocados al banquete.
Platón, no ha olvidado la muerte de su maestro acaecida hace 12 años. Por ello, en este discurso de “El banquete”, coloca entre los contertulios a Aristófanes, uno de aquellos temidos acusadores denostados en la Apología. Un acusador e instigador, tanto más temido que Meleto, por cuanto su envidia se ha acumulado con el curso de los años. Platón, de manera alusiva, trata de demostrar, contra el “viejo acusador”, que Sócrates nunca cayó en la a-melía de la que Meleto le acusó. Sócrates juega con el significante “Meleto” — “emelesen”, “meletao”, etc. Ironiza con “Meleto”, con el nombre de aquél que se ocupaba de los jóvenes “como el campesino se ocupa de los tallos nuevos” y que le lleva a juicio bajo la acusación de a-melia, entre otras cosas. La amelía era el descuido, el abandono a la suerte (Tykhé) de los jóvenes, la dejación de la responsabilidad para con la savia nueva de la polis. Todo el discurso sobre el eros y la filía podría tomarse como una lectura de la inconsistencia del juicio y la condena. Sócrates no destruía totalmente a los jóvenes como pretendían Meleto y Anito, sino que les ofrecía el único objeto de amor verdadero: el bien y la belleza, que en este diálogo coinciden en un solo foco ideal . “Sócrates es el hombre más justo”, afirma Platón, nadie se ha preocupado más de la paideia ni ha luchado más por la dignidad, por la virtud (areté).
Fedro era, al parecer, un ferviente admirador de Lisias, aquél sofista que ofreció sus servicios a Sócrates para redactar su antitímesis ( el derecho a una pena alternativa, por no establecer la ley explícitamente la pena para el delito por el que de le condenaba al procesado). Por cierto, que Sócrates se negó a tal alternativa por considerar que sería rebajar su discurso a la bajeza sofística. Y es también Fedro quien propone un elogio (épainos) al dios Eros e iniciar el decurso de una serie de eidós, de semblanzas sobre el amor, todas ellas destinadas a sucumbir ante la ironía socrática.
De Agatón se decía en el diálogo “Protágoras” que era un joven bello amado por Pausanias, y de éste último, nos asegura Jenofonte en su Banquete, que era amante de Agatón. En la fecha supuesta de su triunfo como comediógrafo tiene 30 años, pero aún se le alaba como el más bello de los asistentes. Cuando Aristodemo se ve empujado a ir al banquete sin ser invitado, Sócrates le insiste cambiando irónicamente un proverbio griego muy conocido: “Sígueme pues, para que alteremos el proverbio modificando los términos y se diga, en adelante, que espontáneamente los buenos van a comer con Agatón”. Así, irían al banquete de Agatón que, gracias a la presencia de Aristodemo, se convertiría en el banquete de los buenos.
Por último Erixímaco, es un médico que aparece también en Fedro y en Protágoras. No deja de ser significativo, que Apolo sea el dios médico, máxime si tenemos en cuenta las últimas palabras de Sócrates antes de morir.
La costumbre.
El banquete ateniense constituía toda una ceremonia reglada. Una primera parte, llamada deipnon o syndeipnon, en la que se comía propiamente, y a continuación, una segunda parte, el potos o sympotos, en la que se bebía en común. En esta última parte del banquete se divertían y conversaban según el programa previsto por el symposiarchós, que fijaba, así mismo, la cantidad de vino a beber. Así, Alcibíades, cuando se autonombra symposiarchós asume también la potestad sobre el orden del discurso y de la modalidad de diversión. De hecho, irrumpe apoyado en una flautista, aunque sea luego Erixímaco quien instaure dicho orden.
Antes de pasar al sympotos se retiraban las mesas, se limpiaba la sala, se hacía una libación de vino puro en honor de la “buena divinidad”, Dionisos o Zeus, y se entonaba un pean en honor a Apolo. Las flautistas y danzarinas seguían animando la fiesta, de modo que en numerosas ocasiones acababa en orgía.
En este caso, Erixímaco, ejerce como symposiarchós y limita el placer del vino y hace retirar a las flautistas.

Los discursos.
El diálogo muestra al comienzo un sinuoso recorrido del discurso. En una primera escena, a la que podríamos denominar: <<Apolodoro a los “hombres de negocios”>>, el fiel seguidor de Sócrates se dispone a contestar a la solicitud, no expresa, de estos ciudadanos. La pregunta no aparece formulada, tan sólo la respuesta, pero ésta, a su vez, no lo es, sino de otra pregunta que guarda al parecer una estrecha relación con el primer requerimiento. Este segundo nivel introduce otra escena a la que podríamos denominar: <<Apolodoro y Glaucón>>. En ella, Glaucón pregunta por lo sucedido en la reunión de Agatón. Alguien le había contado algo, pero de manera confusa, y él quiere saber.
Apolodoro le habla a Glaucón de otra escena, en la que el mismo está con Aristodemo que fue quien realmente estuvo en aquel banquete. Apolodoro es la memoria, él ha conservado nítidamente todo lo que el sabio le contó. A esta otra escena la podemos denominar: <<Aristodemo a Apolodoro,>> indicando con esa “a” la dirección de transmisión generacional de un saber.
Al fin, en el tiempo actual del lector, Apolodoro relata a los “hombres de negocios” y con ello al propio lector interesado lo que “anteayer” había contado a Glaucón en el camino de su casa de Falero a la ciudad.
Lo que sucedió fue lo siguiente: según le contó Aristodemo, un día se tropezó con Sócrates que lucía resplandeciente. Estaba recién lavado y llevaba unas sandalias nuevas, cosa que no ocurría casi nunca. Como se ve, de nuevo otra escena en el juego de las cajas chinas. Remisión de la palabra, circulación del discurso de boca en boca para, tal vez, mostrar que lo dicho por Sócrates, aunque sea de tercera mano, sigue seduciendo y conformando una suerte de verdad. Pues bien, a esta escena podríamos denominarla: <<la ausencia de Sócrates>>. Todo ocurre en forma de treta, Sócrates convence a Aristodemo para que vaya con él a un banquete al que, el fiel seguidor, no ha sido invitado. Pero Aristodemo, sin darse cuenta, se ve en casa del anfitrión y entra, percibiendo la ausencia de aquel que era su guía y garantía. A pesar de lo embarazoso de la situación, Aristodemo encuentra una buena acogida.
A Sócrates se le echa de menos. Agatón manda buscarle e insiste en hacerle entrar, pero Aristodemo le calma diciendo: “De ningún modo. Dejadle, pues tiene esa costumbre. De cuando en cuando se aparta allí donde por causalidad se encuentra y se queda inmóvil”. Cuando al fin entre, Agatón sabrá ya que, durante el rato que ha estado inmóvil y fuera de toda localización, ha encontrado algún pensamiento. Por eso, cuando entra por fin le invita a que se siente junto a él, para ver si, de ese modo, se le transmite lo hallado. A lo largo del banquete habrá todo un juego de “sentarse junto a”, lleno de connotaciones por otra parte, si tenemos en cuenta que esta expresión significaba “echarse junto a “, pues se reclinaban sobre un triclinium.
El orden que ocupan los participantes no es arbitrario. Sin embargo presenta algunas lagunas. Fedro será el punto de arranque para hacer circular la palabra. A continuación, Pausanias, el antiguo amante de Agatón. Después, Aristófanes que perderá su turno, porque en lugar de su palabra surgirá el hipo, tan característico de los bebedores empedernidos. A su lado podría estar Aristodemo o Erixímaco, es más probable que sea este último. En fin, después Agatón y por último, Sócrates. La primera ronda va de derecha a izquierda, introduciéndose distintos modos de discurso. El primero es un himno en el que se alaba al dios amor, el segundo la presentación de una contraposición moral del amor, el tercero una cosmología en la que el dios amor habría quedado reducido a una fuerza de atracción de lo semejante, el cuarto, de Aristófanes: la presentación de un mito de los orígenes del amor reducido a una búsqueda de la unidad perdida, amor como anhelo de unidad, bajo el rodeo de la desenfrenada búsqueda. Se trata del conocido mito del andrógino que acaba con un remiendo de Apolo de los cuerpos cortados, y con un forcejeo de los dioses entre la venganza y la compasión sobre los hombres. Apolo hace que sus cabezas giren para que no olviden su escisión y, Zeus, compasivo, pone orden en los órganos genitales para que encuentren su lugar en la generación.
Agatón, por su parte, muestra al dios amor como el más venturoso de los dioses pues, - como la imagen de él mismo -, es el más hermoso y se halla alejado de la terrible vejez en corazón, de . Con sus delicados pies salta de corazónalma en alma no conociendo frontera, es, en fin, un errante a la deriva atrapado en la belleza. De su cosecha, Agatón muestra ufano su arte y saca un alegato compuesto por él mismo al dios amor.
Por último, Sócrates, que comienza la molicie. Uno tras otro, pero sobre todo el discurso de Agatón, serán desmontados por el demoníaco Sócrates.

La otra escena del banquete.
La irrupción de Alcibíades marca un antes y un después en el banquete. Agarrado del brazo de una flautista y ebrio entra Alcibíades y se autocorona symposiarchós. Ello le permite organizar tanto el orden nuevo de los discursos como aquello que se tomará como objeto de satisfacción. El está empeñado, tal como lo reconoce Platón, en reducir esta satisfacción al phármakon del vino como curación por el olvido. Pero, al darse cuenta de la presencia de Sócrates, salta lleno de celos de su modorra y comienza a increpar a Sócrates.
Sócrates dirigiéndose a Agatón se queja de los celos y teme por la manía de su amante (erastés) Alcibíades. El discurso gira en lugar del amor. Alcibíades, aunque autoproclamado, dejará al médico Erixímaco imponer el nuevo orden a partir del cual, cada uno tendrá que hacer un elogio (epainós) del que hay a su derecha.
Alcibíades muestra que la acusación nada tiene de verdadera, pues es el mismo Sócrates quien le hace exclamar: “si llego a alabar a alguien en su presencia, sea un dios o un hombre, si es otro que no sea él, caerá sobre mí con brazos cortos” . Y acepta hacer el elogio de Sócrates. Elogio como despliegue de cualidades que emanan de su naturaleza de sileno en este caso.
Sócrates le parece a esos estuches con forma de sátiro que esculpen los artesanos y que en su interior contienen estatuillas de dioses (agalmata theón). Pero su naturaleza no es similar a la de un cofre, a la de un simple continente más o menos amado por su belleza interior, su naturaleza es comparable a la del sátiro Marcias, aquél que cuyo encanto seducía de tal modo que despertó los celos del mismísimo Apolo. Pero este Marcias que atrae por su algalma aretés, la verdadera imagen de la virtud, “…estima que todos esos bienes —los que pueden ser objeto de una demanda- no valen nada y que tampoco nosotros, os lo aseguro —dice Alcibíades -, somos nada y pasa toda su vida ironizando y jugando con hombres. Pero cuando habla en serio y abre su envoltura, no se si hay alguien que haya visto las estatuillas de dentro (tà èntòs agalmata). Yo las he visto ya en una ocasión y me parecieron tan divinas, tan de oro, tan sumamente bellas y admirables, que no me quedaba otro remedio que hacer al punto lo que me ordenara Sócrat. Cuenta entonces una confidencia que pone ciertamente un poco nervioso a Sócrates: un día en que decidió poner toda la carne en el asador arrinconó al amado para requerirle por todos los medios amorosos. Sócrates se distanció tanto de su demanda de amor, que transcurrido ya un buen tramo de la prometida noche de amor hubo de preguntarle: “Sócrates ¿duermes?” y tras un una declaración en toda regla y una inversión de los papeles hasta entonces sostenidos, le dispara su última flecha: “Tú…eres el único digno de convertirse en mi amante (èrastés) y veo que no te atreves a declararte a mí” pero, el ahora recién convertido en erastés no quiere saber nada del ardid de Alcibíades para convertirle en objeto de su capricho, y se retira distante con el verbo frío y la cabeza serena “…mira mejor -le dice-, no se te vaya a escapar que no valgo nada, pues la vista de la inteligencia comienza a ver agudamente cuando comienza a menguar el vigor de la de los ojos, y tú todavía te encuentras lejos de esto”. (43) La metáfora se ha truncado, el antes erómenos ha dejado plantado en su demanda al suplicante que ve como el deseo de Sócrates sigue hacia otras metas.
Alcibíades ha sucumbido como tantas otras apariencias y ahora habrá que recoger los muertos de esa batalla. Culmina la muerte del juego fantasmático de Alcibíades cuando Sócrates, una vez que ha acabado Alcibíades de hacer su elogio a Sócrates, éste no sólo se distancia, sino que le formula lo que podría calificarse como interpretación: Todo eso que has dicho iba dirigido a Agatón. Una vez que Alcibíades ha hablado y se ha disculpado por su embriaguez, Sócrates le responde textualmente: “…estás sereno, pues de no estarlo, no hubieras intentado jamás, rodeándote con tan ingeniosos circunloquios, ocultar el motivo por el cual has dicho todo esto; a título accesorio lo colocaste al final de tu discurso, como si no fuera la razón de todo lo que has dicho el enemistarnos a Agatón y a mí, en esa idea que tienes de uqe yo debo amarte a ti y a ningún otro, y Agatón ser amado por ti y por nadie más…ese drama tuyo satírico y “silénico” ha quedado al descubierto”.
La interpretación precipita una serie de actos: Agatón, dándole la razón a Sócrates, va a “sentarse a su lado” Alcibíades se queja víctima de la verdad socrática: “¡Oh Zeus! ¡qué cosas me hace sufrir este hombre!”, pero insiste: “deja al menos…que Agatón se coloque en medio de nosotros”. Pero a Sócrates no le ha bastado esa interpretación y pasa ahora a hacer el elogio del otro de su derecha: Agatón. Agatón haciendo honor a su estatuto se dispone a cambiarse de sitio para ser elogiado por Sócrates, pero en ese mismo instante, algo exterior y real atruena los oídos de todos: un tropel de juerguistas en la puerta “…el tumulto llenó toda la casa, y a partir de ese momento y sin orden alguno se vieron obligados a beber una enorme cantidad de vino”.
En el desorden, Aristodemo, el responsable de la transmisión del legado, queda sumido en un profundo sueño y para cuando despierta ya puede empezar a contar Agatón, Aristófanes y Sócrates beben en una gran copa de vino, que se pasan en un orden inverso al que había instaurado la serie de elogios interrumpida. Y, en nebuloso recuerdo, distingue cómo Sócrates obligaba a reconocer que “era propio del mismo hombre saber componer tragedia y comedia..” De manera, que ahí los tenemos: El ya famoso Agatón, representante del nuevo estilo trágico inspirado en la filosofía de Gorgias asintiendo con el creador más descarnado de la comedia, que mueve su cabeza afirmativamente ante la evidencia de que ambos son las dos caras de una misma moneda.
En un nuevo intento de acercar a Sócrates a la polis Platón le hace retirarse de la escena sobrio y dirigiendo sus pasos hacia el Liceo, en donde “…se lavo y pasó el resto del día como en otra ocasión cualquiera” . Hay que decir que el Liceo era un gimnasio consagrado a Apolo Liceo situado en el suburbio oriental de Atenas, y también, símbolo alusivo a la piedad ateniense.

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