Apología de Sócrates
Publicado por Pedro Jiménez Guijarro el Octubre 6th, 2008 dentro de la categoría El saber no ocupa lugar, En el aula, Profesor invitadoEl discurso apologético de Sócrates ha sido precedido por la lectura de la acusación (incluyendo el pedido de muerte), por uno de los acusadores llamado Anito. Este previene a los jueces del poder de convicción de Sócrates. En cambio Sócrates comienza el alegato explicando que el poder de convicción no es otra cosa que decir la verdad. Dice que entre las muchas cosas que se han mentido sobre él, es la de decir que ellos (los jueces) iban a ser engañados por su “habilidad para hablar”. El no dice ser “hábil” salvo que llamen hábil a quien dice la verdad.
Como primera medida Sócrates siente la necesidad de defenderse de las acusaciones falsas que han hecho los primeros acusadores; y después de las acusaciones hechas por acusadores posteriormente. Afirma que de él escucharan expresiones improvisadas y que por ser la primera vez que comparece con un tribunal (pese a tener 70 años) viene a ser como un extranjero respecto del leguaje que se usa ahí. Por lo tanto solicita que se le permita hablar en su estilo, y que solo se atengan a si dice cosas justas o no.
Señala que “los primeros acusadores son los mas temibles, esos que han educado a muchos de ustedes (es decir a los atenienses) desde la infancia, acusándome falsamente y convenciéndolos de que hay un tal Sócrates, hombre sabio, preocupado por cosas del cielo como dado a investigar cuanto hay bajo tierra, y convirtiendo el argumento mas débil en el mas fuerte”.
Sócrates habla de que sus acusadores han sido de dos clases: unos, los que acababan de acusarlo y otros son los que lo acusan desde hace tiempo.
Las antiguas acusaciones.
Como primera medida Sócrates quiere aclarar esa imagen falsa de él. Sócrates es confundido con filósofos de la naturaleza (hoy llamados “presocráticos) y cuya ciencia Sócrates manifiesta desconocer. Por otro lado se lo confunde con sofistas (cobran por enseñar.)
Ahora bien: ¿que decían los que forjaron esa imagen falsa?
“Sócrates es culpable de indagar impertinentemente las cosas subterráneas y celestiales, y de hacer pasar por mas fuerte el argumente mas débil, y enseñar a otros estas mismas cosas”. Además afirman que en la comedia de Aristófanes hay un tal Sócrates que anda por los aires declarando muchas tonterías. A todo esto Sócrates pregunta si alguna vez alguien que presenció sus charlas le oyó hablar sobre tales temas. O de si alguien le vio haciendo fortuna con sus lecciones.
El oráculo de Delfos y la sabiduría de Sócrates
Sócrates reconoce que, aunque no sea filosofo naturalista ni sofista, se ha hecho cierta fama de sabio. Es por ello que intentará explicar qué es lo que le ha creado tal reputación y la falsa imagen. Remonta esto a una consulta de su amigo Querefonte, quien acudió a Delfos para preguntar a la pitonisa de Apolo si había alguien más sabio que Sócrates, y la respuesta fue que Sócrates era el más sabio. Al enterarse de aquello, Sócrates fue al encuentro de los que eran considerados sabios, en el pensamiento de que allí, refutaría la sentencia del oráculo demostrándose que hay otras personas más sabias que él, pese a lo que había dicho el oráculo.
Al dialogar con un sabio de reconocida reputación experimenta lo siguiente: que muchos de los que estaban con el sabio creían que ese hombre era sabio, y sobre todo él mismo lo creía, pero en realidad no lo era. A continuación, Sócrates intenta demostrarle al sabio que aunque el creía ser sabio, no lo era. La consecuencia fue que se atrajo el odio de él, y de muchos de los presentes. Luego Sócrates hace la siguiente reflexión: “yo soy más sabio que este hombre; en efecto, probablemente ninguno de los dos sabe nada valioso, pero este cree saber algo, aunque no sabe, mientras que yo no sé ni creo saber.” Sócrates saca la conclusión de que los de mayor reputación eran los más deficientes, mientras que otros, considerados como inferiores son hombres más próximos a la posesión de la inteligencia. Algo similar le ocurre con los artesanos y con los poetas. Sobre estos últimos Sócrates se da cuenta que los poetas no hacían lo que hacían por sabiduría, sino por algún don natural o por estar inspirados, ya que pese a decir cosas hermosas, ninguno de ellos sabia lo que significaban. Para Sócrates el único sabio es Dios, la sabiduría humana vale poco y nada. Estas afirmaciones le generaron muchos odios contra Sócrates, de los cuales surgen muchos juicios contra él.
El origen de los odios contra Sócrates
La refutación por Sócrates de quienes pasan por sabios irritaba a estos considerablemente, máxime teniendo en cuenta que hay jóvenes seguidores de Sócrates que no sólo disfrutan con lo que hacía Sócrates sino que algunos imitan el procedimiento, dejando en ridículo a hombres mayores. Esto ha ido promoviendo la idea de que Sócrates corrompe a la juventud. Sobre esa base le atacan Meleto en nombre del odio de los poetas, Anito en el de los artesanos y políticos, y Licón en el de los oradores.
Acusación de Meleto
Sócrates lee el texto de la acusación escrita presentada por Meleto. En ella se le acusa de corromper a la juventud y no aceptar los dioses de culto. Veamos las partes más importantes de su diálogo con Meleto.
- SÓCRATES: … has descubierto a quien corrompe a los jóvenes, según dices: soy yo, y me has traído ante ellos acusándome (de ello). Di entonces al que los hace mejores, y revélales quien es.
- MELETO: las leyes.
- SÓCRATES: pero no es eso lo que pregunto, sino qué hombre.
- MELETO: los jueces.
- SÓCRATES: ¿qué dices, Meleto? ¿Ellos son capaces de educar a los jóvenes y de hacerlos mejores?
- MELETO: si, todos ellos.
- SÓCRATES: bueno es esto que dices: gran abundancia de benefactores. Pero veamos, los oyentes que están aquí, ¿los hacen mejores o no?
- MELETO: también ellos.
- SÓCRATES: ¿y los consejeros?
- MELETO: también los consejeros.
- SÓCRATES: ¿los que están en la asamblea?
- MELETO: también aquellos.
- SÓCRATES: entonces, según parece, todos los atenienses, excepto yo, los hacen honorables; solo yo, en cambio, los corrompo. ¿Esto es lo que quieres decir?
- MELETO: precisamente eso es lo que quiero decir.
- SÓCRATES: pero dinos además, Meleto, que es mejor: ¿qué es mejor: vivir entre ciudadanos honestos o deshonestos? Los malvados, ¿no hacen siempre algún mal a los que más cerca de ellos viven, mientras los buenos harán algo bueno?
- MELETO: claro que sí.
- SÓCRATES: pues bien, me haces comparecer pensando que corrompo a los más jóvenes y los pervierto: ¿voluntaria o involuntariamente?
- MELETO: pienso que voluntariamente.
- SÓCRATES: y yo, en cambio, llego a tal punto de ignorancia, que desconozco que, si hago algún daño a los que conviven conmigo, me arriesgo a recibir algo malo de su parte. De modo que todo eso lo hago voluntariamente, según dices. Mas a mi no me convencerás de eso, Meleto, y creo que a ningún otro hombre. O bien yo no corrompo, o bien si corrompo, lo hago involuntariamente. Por consiguiente, en cualquiera de los dos casos mientes. Ahora bien, si corrompo involuntariamente, la ley no dice que se me haga comparecer aquí, sino que se me enseñe y reprenda en privado.
Dioses y demonios
Si el centro de la acusación de Meleto es el de corromper a la juventud, la segunda parte de ella específica el modo en que Sócrates corrompe a los jóvenes: enseñándoles a no creer en los dioses reconocidos por la ciudad sino en otras “cosas” demoníacas. Sócrates pregunta a Meleto si se lo acusa de negar la divinidad de los astros (ateísmo).
Pero los demonios tal como los consideraban por entonces los griegos, son divinidades o bien hijos de dioses, por lo cual la acusación de “ateísmo” es contradictoria. De este modo la acusación escrita es como si dijese: “Sócrates es culpable de no creer en dioses, pero creyendo en dioses.”
Sócrates hace frente ahora al posible reproche de emprender tareas que lo llevan a situaciones de peligro de muerte. A este reproche del sentido común, Sócrates opone el sentido heroico que debe asumir un griego que cumpla con las más antiguas tradiciones, que son a la vez exigencias sagradas. Compara su situación con la de un soldado que no abandona el puesto que le ha asignado su superior, aunque le cueste la vida. Y si lo llegan a absolver pero con la condición de que nunca mas vuelva a filosofar, el lo seguirá haciendo aunque le cueste la vida.
Alejamiento de Sócrates de la política
El hecho de que Sócrates se preocupe tanto por los atenienses sugiere el interrogante de su alejamiento de la vida política. Aquí Sócrates hace mención de una voz demoníaca que desde niño se le ha hecho oír cada vez que estaba a punto de hacer algo indebido. Esta voz o signo divino es lo que se le ha opuesto a que actuara en política. Narra así dos anécdotas en que incursionó o se vió envuelto en política. En ambos casos, por proceder justamente, estuvo a punto de morir. Una de ella sucedió durante el gobierno de los Treinta tiranos donde le ordenaron, junto con otros cuatro, para darle muerte a un tal León. Mientras los otros cuatro acataban las ordenes, Sócrates se apartó y se fué a su casa. Este hubiera muerto sino fuera porque el poder de los Treinta Tiranos no hubiera sido derribado tan pronto.
Lecciones de Sócrates
Sócrates niega terminantemente haber sido maestro de alguien, tener discípulos, en el sentido de darles lecciones. Si bien muchos hombres lo rodeaban, era en forma espontánea y gratuíta. Sócrates jamás exigía dinero por “enseñar”.
El ha dialogado – y nunca ha dicho en privado a alguien algo que no pudiese decir delante de todos – mostrando precisamente las limitaciones del saber formular y la necesidad de una actitud de apertura humilde a la verdad. Algunos lo han imitado por pura diversión. Si hubiera “discípulos” perjudicados por sus “lecciones”, estarían presentes para apoyar la acusación, en cambio se hallan presentes amigos que están dispuestos a declarar a su favor (entre ellos Platón), lo que muestra que no ha impartido “lecciones” corruptoras, sino que ha impulsado a buscar la verdad.
Dado que el juez tiene que hacer justicia y esto lo obliga a ser objetivo en sus sentencias por respeto a la sociedad, Sócrates no incurrirá en las habituales artimañas a que se apela para salvarse de un castigo. Sócrates no ha recurrido a ninguna de las artimañas usuales en este tipo de juicios, como la de lamentarse, traer a los hijos como futuras víctimas de la condena, y otros recursos para tocar la sensibilidad de los jueces. Sin duda, más de uno de los presentes ha echado mano de tales recursos en casos parecidos, y puede sentirse menoscabado al ver la entereza de Sócrates.
Derecho del reo a proponer alternativa al castigo.
Tras el alegato de Sócrates, los jueces votan y la diferencia de votos a favor o en contra de su condena ha de haber sido de sesenta. En caso de empate, al parecer, se resolvía la absolución. Si el tribunal constaba de quinientos miembros, la votación ha sido, pues, de 280 a 220. Ahora bien, al parecer, frente a la pena propuesta por los acusadores (muerte), el acusado tiene derecho a contraponer otro castigo. Sócrates no parece tomar muy en serio esta posibilidad, y su actitud, aunque pueda estar respaldada por una sólida creencia, es puramente irónica y alejada de toda maniobra política. Si debe proponer algo que se merezca, dice, lo que se merece por toda su actuación en la vida es ser sostenido por el Estado, tal como se suele hacer con los vencedores de las olimpiadas. Esta proposición parece destinada a irritar a los jueces. Pero es consciente de que ellos prefieren que elija el exilio, y abiertamente rechaza tal posibilidad. Queda la de pagar una multa, para lo cual, también irónicamente, ofrece su magra fortuna: una mina de plata. en un último momento, ofrece sumas mayores que le garantizan sus amigos, entre ellos Platón.
La muerte como bien
A los que han votado por su absolución, Sócrates los considera verdaderamente jueces. A ellos les hace una confidencia: en ningún momento se le ha puesto el signo demoníaco. Esto significa que obraba bien, y que sin duda el desenlace, la muerte, es para él un bien. A todo esto razona de dos formas: o bien tras la muerte no hay nada y en tal caso la muerte se asemeja a la paz que disfruta un hombre que ha dormido profundamente una noche (y por ende un bien); o hay otra vida y en ella se encontraría con legendarios jueces y con famosos poetas. Y allí podría realizar la actividad por la cual es condenado y sin perjuicio que en aquella vida corra el peligro de ser condenado a muerte por tal proceder. En ambos casos la muerte resulta un bien.
Alocución a los que han votado por la condena.
Los jueces votan, y el resultado es la sentencia de muerte para Sócrates. Duras palabras dirige Sócrates a los que han votado por su condena. Anciano como es, no tendrían que haber esperado mucho para que le llegase la muerte por vía que no comprometiera la reputación de Atenas, ya que la fama trasciende los muros de la ciudad, y su injusta condena dará una pobre imagen de la Atenas democrática. Han querido que hiciera lo que un soldado que, para evitar la muerte, huyera o suplicara al enemigo que no lo mate. Han procedido con bajeza. Además, Sócrates pronostica a estos condenadores que su muerte multiplicara la cantidad de preguntones molestos, de jóvenes filósofos que los acosen con el mismo procedimiento que el ha usado.
(En esta dirección podéis leer completo el diálogo)
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